De independencia y vulnerabilidad
Algunos pensamientos sobre independencia y vulnerabilidad.
Elegí el fin del invierno para mi concepción porque pronto sería primavera y entonces las flores olerían mejor. Como en ese momento aún era apenas un mórulo en el utero de mi madre, ella cuenta que le pedía olerlas a través suyo.
Cuando nací tenía mucha fuerza en la boca y no sabía mamar. Todos los intentos por prenderme a la teta terminaron por lastimarle los pezones a mi madre. Se decidió, entonces, que sería criada a mamadera, de forma de proteger a mi madre de mí. Esta fue la primera vez que aprendí a no necesitarla.
Mis padres relatan que cuando era bebé intentaban que durmiera con ellos pero yo lloraba para que me pasen a la cama sola. Antes de saber hablar, ya parecía empeñada en establecer cierta distancia: no quería dormir acompañada, no conseguía alimentarme de mi madre, prefería mi propia cama.
Mi primer recuerdo es una fotografía: estoy en brazos de mi abuela materna, el día de mi bautismo, a los doce meses. Con ella tuve una conexión que nunca supe explicar del todo. El día de su muerte, cuando tenía seis años, supe que iba a morir. Aunque pasé casi toda mi vida sin ella, no hay día en que no la recuerde.
Mi madre cayó en una profunda depresión y yo empecé a medir lo que sentía en función de lo que ella podía soportar. No recuerdo haberlo decidido. Quizás así aprendí a esconder mi propia vulnerabilidad, como si expresarla significara un atentado a su bienestar.
